
El ministro de la muerte
El experimento aplicado al magisterio terminó convirtiéndose en un laboratorio cuyos resultados generan más preguntas que respuestas.
Por: José Baruth Tafur G. Abogado – Especialista en Marketing Político у Estrategias de Campaña. Maestrante Comunicación Política.
Advertencia: los comentarios aquí expresados son de exclusiva responsabilidad de su autor y en nada compromete a este medio de comunicación.
El Gobierno del Cambio presentó el nuevo modelo de salud del magisterio con su discurso de «shushushú«, como un piloto de la transformación del sistema de salud colombiano, con la complicidad de quien dirige ese ministerio. Sin embargo, apenas un año después, la realidad terminó desmintiendo el discurso oficial.
Lo que advirtieron expertos en el sistema de salud, como Alejandro Gaviria, exrector de la Universidad de los Andes, terminó anticipando el resultado: no se puede improvisar con la salud de los colombianos.
Las cifras conocidas son contundentes. En una reunión del Consejo Directivo del Fondo Nacional de Prestaciones Sociales del Magisterio (Fomag), el vicepresidente de la entidad, Aldo Cadena, reconoció que existía un acumulado de pérdidas superior a los $2 billones, además de denunciar la inexistencia de una supervisión efectiva sobre los contratos del sistema. Según las grabaciones divulgadas, el nuevo modelo incrementó la facturación en un 50 % y se identificaron más de 2.300 contratos sin supervisión o auditoría interna, un escenario que evidencia profundas fallas administrativas.
A ello se suma una realidad que los maestros han denunciado desde la implementación del modelo: dificultades para acceder a citas médicas, retrasos en procedimientos, escasez de medicamentos y barreras para la continuidad de los tratamientos. Precisamente por estas razones, el sistema del magisterio se ubicó entre los que más quejas registra por cada 100.000 afiliados, según información citada por la Superintendencia Nacional de Salud.
Frente a este panorama, uno de los pronunciamientos más contundentes provino de Alejandro Gaviria, exrector de la Universidad de los Andes y exministro de Salud, quien afirmó:
«Un año después, pasó lo que tenía que pasar: el sistema de salud de los maestros acumula un déficit mayor y mayores problemas de acceso y atención. Representa el fracaso, sin atenuantes, del manejo de la salud de los maestros y de la salud en general».
No se trata de una crítica proveniente de la oposición política, sino de quien dirigió durante años el sector salud y conoce de primera mano las complejidades del sistema.
Más preocupante aún es que la propia Contraloría General encontrara posteriormente hallazgos fiscales por $81.593 millones al auditar el Fomag, identificando irregularidades en la gestión financiera y en distintos procesos del sistema.
La principal enseñanza es evidente: un modelo de salud experimental, surgido de la narrativa del Gobierno del Cambio, no puede medirse únicamente por balances contables o discursos políticos.
Su verdadero éxito se refleja cuando un paciente consigue una cita a tiempo, recibe sus medicamentos y continúa su tratamiento sin obstáculos.
El experimento aplicado al magisterio terminó convirtiéndose en un laboratorio cuyos resultados generan más preguntas que respuestas. Si el Gobierno no logró garantizar un servicio eficiente para un régimen especial con cerca de 820.000 afiliados, resulta legítimo preguntarse qué ocurriría al trasladar ese mismo esquema a todo el sistema de salud colombiano.


