Opinión

Ibagué y la música: entre el discurso y los hechos

El momento de actuar es ahora.

Por Luis Antonio Castro, analista político. Abogado especialista.

Advertencia: los comentarios aquí expresados son de exclusiva responsabilidad de su autor y en nada compromete a este medio de comunicación.

Ibagué lleva con orgullo el título de «Capital Musical de Colombia», pero los títulos no bastan cuando faltan acciones concretas. La reforma a la Ley General de Cultura llega en un momento clave, prometiendo cambios que podrían transformar radicalmente el sector. Sin embargo, tras leer con detenimiento el proyecto, surgen dudas razonables: ¿será esta la oportunidad que tanto esperan nuestros artistas, o quedará en otra promesa incumplida?

Los avances son innegables. Por primera vez, la ley reconoce a músicos y compositores como trabajadores culturales con derechos. Medidas como la seguridad social flexible y las exenciones fiscales podrían cambiar la vida de miles de artistas que hoy sobreviven en la informalidad. Para una ciudad como Ibagué, donde la música late en cada esquina – desde el majestuoso Conservatorio del Tolima hasta las humildes bandas de viento de los barrios populares – estas disposiciones deberían marcar un antes y un después.

Pero la historia reciente nos enseña a mirar con escepticismo las leyes que no vienen acompañadas de recursos. Mientras firmamos documentos en Bogotá, en las veredas del Tolima los niños siguen aprendiendo música con instrumentos prestados o deteriorados. La piratería, ese cáncer que devora más del 50% de los ingresos del sector según Asociación Colombiana de Editoras de Música -ACODEM-, sigue campando a sus anchas mientras el proyecto de ley apenas roza el problema.

El contraste con otras experiencias es aleccionador. Bogotá ha demostrado lo que se puede lograr cuando hay voluntad política y continuidad en los programas. Sus 30,000 niños beneficiados por programas de formación musical no son producto de la casualidad, sino de decisiones presupuestales concretas. Mientras tanto, en Ibagué nos conformamos con el título honorífico mientras las orquestas juveniles sobreviven año tras año a base de esfuerzos heroicos y recursos insuficientes.

El verdadero desafío comienza ahora. Una ley, por bien intencionada que sea, no cambia realidades por sí sola. Necesitamos que las autoridades locales demuestren la misma pasión por la música que nuestros artistas. Que el Conservatorio y programas como «Ibagué suena así» reciban el apoyo que merecen. Que los niños de Chaparral o Espinal tengan las mismas oportunidades que los de Bogotá.

Ibagué tiene todo para convertirse en el verdadero referente musical del país. Pero para ello necesita más que buenas intenciones: requiere presupuestos claros, programas a largo plazo y una gestión cultural profesional. La música no puede seguir siendo el pariente pobre de las políticas públicas.

El momento de actuar es ahora. Los artistas han esperado demasiado. Ibagué merece más que un título honorífico: merece una verdadera revolución musical que nazca de esta ley y se concrete en cada escuela, en cada plaza, en cada joven talento que hoy espera su oportunidad. La partitura está escrita. Ahora falta que todos – gobierno, artistas y sociedad – toquemos la misma melodía.

 

 

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