
El ejercicio de la política no es para aniquilar o destripar al contrario
Ante la gravedad de estos hechos, no basta con la indignación ciudadana, es imperativa la acción de instituciones.
Por: Edgar Antonio Valderrama Zabala
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Nuestro país parece aferrado a un espacio eterno donde la palabra no se usa para convencer, persuadir, inducir, sino para aniquilar, devastar, destruir. A medida que se aproxima la jornada electoral del 31 de mayo, el horizonte se ensombrece por el incremento del lenguaje de animadversión, de odio, de rencor, que aunque siempre ha estado presente ahora se exterioriza con un resentimiento pavoroso. Lo que se advierte, lo que escuchemos, no es un debate de ideas, es un ejercicio de doblegar al adversario.
Los hechos recientes son pavorosos por su origen y contenido. No se trata de sucesos aislados, sino de una preocupante tendencia en sectores de la derecha política. Resulta desolador que un exjefe de Estado, que ha marcado el destino del país como es el caso del expresidente Álvaro Uribe, cuya figura debería irradiar equilibrio y altura dignataria, proceda de manera irresponsable como lo hizo en San Onofre, Sucre, al instigar a sus seguidores para que «hicieran llorar» en redes a la influencer María José Gómez, quien con respeto había ejercido su derecho a la crítica, durante un encuentro que sostuvo con la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia que a su vez gritaba desaforada en el recinto del senado “no me vaya mandar a matar senador Cepeda, no me vaya mandar a matar senador Cepeda” tratando de llamar la atención de un electorado que le es esquivo.
Con estas salidas en falso, Uribe y su candidata, no solo faltan a su deber ético, sino que validan el matoneo digital como herramienta política. Pedir «hacer llorar en redes» a una ciudadana por ejercer su derecho a la crítica, y tildar de asesino a un senador que se ha carecterizado es por trabajar por las paz solo es una irresponsabilidad política, sino un acto de bajeza democrática que vulnera la seguridad de quienes disienten.
Pero no menos grave es lo que mostró el video de un vocero del Partido Conservador en Bogotá, en el que afirmaba estar «patrullando para levantar» a simpatizantes del petrismo. Estas palabras no pueden verse como una burla de campaña. Es una amenaza directa que rememora las épocas más oscuras del paramilitarismo y la justicia privada en nuestras urbes. Es una provocación que evoca períodos de violencia sectaria y justicia privada que el país intenta con mucho sufrimiento, superar.
Meses atrás un candidato presidencial ateo confeso y mata gatos habló de «destripar a la izquierda», otro hecho que completa un cuadro clínico de intolerancia, intransigencia, ceguera. En un país donde el lenguaje cargado de odio ha sido comprobadamente el preludio de muchos muertos, los líderes están obligados a la mesura. La dignidad de un dirigente representativo se mide por la capacidad de contener los impulsos violentos, no por la habilidad para instigarlos. La historia nos ha enseñado con sangre que, cuando la palabra se degrada, infama, mancilla, la integridad física es la siguiente en caer.
Ante la gravedad de estos hechos, no basta con la indignación ciudadana, es imperativa la acción de instituciones como la Procuraduría General de la Nación, La Fiscalía y por supuesto, el Consejo Nacional Electoral. La prudencia, para nada se puede interpretar como guardar silencio. Si los entes de control no actúan frente a la violencia verbal de dirigentes como el expresidente Uribe o los candidatos que incitan a la agresión física, estarán permitiendo que las urnas del 31 de mayose tiñan de una hostilidad que el país ya no puede soportar más, no es aceptable que quienes aspiran a gobernar o quienes ya han gobernado, utilicen su influencia para encender la chispa de la intolerancia.

