
El poder de los ‘caciques y gamonales’ en el Tolima
Con sanciones judiciales y morales conservan el poder a través de terceros
Por: Edgar Antonio Valderrama Zabala.
Advertencia: los comentarios aquí expresados son de exclusiva responsabilidad de su autor y en nada compromete a este medio de comunicación.
Mientras se habla de relevo generacional, honestidad y transparencia, en el Tolima los nombres que dominan la agenda representativa de la política son los mismos de hace tres décadas. Es el caso de Emilio Martínez Rosales, Gonzalo Garcia, Pompilio Avendaño, Carlos García, Ruben Darío Rodriguez, Jorge Tulio Rodriguez, o los hermanos Jaramillo y los Barreto que no son solo la historia de unos políticos más, sino la afirmación de un método que no cambia y ciudadanos que por rutina o penuria, toleran que las temores del pasado sigan forjando el futuro.
Referirse a ellos es perpetuar hechos oscuros del poder. En el caso de: Emilio Martínez, su paso por la Presidencia de la Cámara de Representantes no terminó en felicitaciones, sino en un escándalo de anomalías en la contratación que remató en una sanción convertida en inhabilidad eterna para ejercer cargos públicos, Carlos García Orjuela quien salió de la presidencia del Senado rumbo a la prisión, igual que Gonzalo García expulsado de la Cámara de Representantes por vínculos con el paramilitarismo, Pompilio Avendaño quien tambien salió de la Cámara involucrado en diversas anomalías, mientras los Rodriguez, fueron actores de hechos de corrupción durante sus respectivas alcaldías.
En cualquier país serio, la «muerte política» significaría su retiro absoluto y el olvido y rechazo, sin embargo, en el Tolima, queda demostrado que no necesitan sanciones oficiales para seguir dirigiendo, ordenando, mandando, disponiendo, nombrando. Su poder es sombra que promueve candidaturas, negocia cuotas y decide rumbos políticos y modo de gobernar, porque son sus esbirros los que llegan a los cargos de elección o de mando.
Lo grave es que esa presencia, genera un obstáculo, una traba, un freno, para los nuevos liderazgos, prueba ello, es que hoy el Tolima no tiene candidatos al Senado de la República por el partido Liberal, la U, Cambio Radical o el Centro Democrático. Los cuestionados de siempre, a cambio de jugosas sumas, traen nombres de hombres y mujeres, la mayoría con severos señalamientos, para que los ciudadanos los respalden.
Cuando las organizaciones de poder están tan estrictamente controladas por “caciques o gamonales” de vieja data, la gente preparada, con especializaciónes y maestrías, el líder social o el técnico lúcido, encuentra las puertas cerradas a menos que se arrodille ante el gamonal de turno. Eso se ve a diario: columnas de hombres y mujeres competitivos, expertos técnicos, profesionales, versados, rogando, suplicando, un contrato a un politiquero de turno.
Los pueblos del Tolima merecen más que ser el campo experimental de quienes ya tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron en medio de escándalos y procesos judiciales. La insistencia de estos ”jefecillos” en ser protagonista de la vida pública, a pesar de su situación legal, es un desafío a la institucionalidad y una señal de que, para ellos, la sanción moral no existe. Con qué autoridad salen a hacer cuestionamientos a otros sectores políticos.
Mientras se siga validando, aceptando, consintiendo, cediendo a estos personajes, el departamento seguirá condenado a una política de clientelismo y salvoconductos con comediantes de más baja calidad como Andrés Fabian Hurtado, Carlos Edwar Osorio, Aquileo Medina, Juan Carlos Tamayo, Ricardo Orozco, José Elver Hernández, Ricardo Ferro y su hermanito. Es hora de pensar que la legítima renovación comienza en las urnas, dejando a quienes, por ley y por decencia, deberían haber cerrado su ciclo.
El Tolima no puede seguir siendo el reino del eterno retorno.


