Opinión

La Marcha Carnaval: un caballo de Troya al servicio de intereses políticos

protección de los páramos no pertenece a ningún partido.

Por: José Baruth Tafur G. Abogado – Especialista en Marketing Político у Estrategias de Campaña. Maestrante Comunicación Política.

Advertencia: los comentarios aquí expresados son de exclusiva responsabilidad de su autor y en nada compromete a este medio de comunicación.

Qué equivocados están quienes piensan que la defensa del agua es de izquierda. El agua no le pertenece a nadie. La protección de los páramos no pertenece a ningún partido, y la conservación de los ecosistemas no debería convertirse en patrimonio electoral de ningún candidato.

La utilización de una narrativa ambiental para atraer jóvenes incautos y, posteriormente, pedirles el favor de su voto es una de las estrategias más manipuladoras y reprochables que pueden existir.

Por eso, la presencia de un aspirante presidencial en la Marcha Carnaval genera inquietudes legítimas. No porque tenga prohibido asistir, sino porque confirma una tendencia cada vez más evidente: algunos movimientos sociales que aparentemente nacieron para defender causas ciudadanas terminan revelando una clara orientación política. Lo que se presenta como una movilización ambiental puede convertirse, en realidad, en una estrategia para atraer sufragantes. En definitiva, una narrativa construida alrededor de la defensa del medio ambiente puede terminar funcionando como una plataforma para agendas políticas que buscan capitalizar electoralmente el entusiasmo, la confianza y la buena fe de sus participantes.

La pregunta que queda para los ibaguereños es sencilla: ¿la Marcha Carnaval fue un caballo de Troya que se presentó como un espacio de defensa ambiental abierto a todas las visiones de la sociedad, pero que progresivamente está mostrando su verdadera función como tarima para determinados sectores políticos?

Porque, cuando una causa ciudadana comienza a confundirse con una campaña electoral, el riesgo no es solamente la politización del movimiento. El verdadero riesgo es que la confianza de quienes marchan por convicción termine siendo utilizada como combustible para proyectos de poder. Y eso, lejos de fortalecer la participación ciudadana, termina debilitándola.

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